Las bestias del cementerio (Mentiras urbanas) de Carlos Fernando Carmona Bermúdez

A mi amigo @pato72

 Cementerio Quillota

Foto: http://www.flickr.com/photos/elmalinquilino/5647195858/in/set-72157626560816612

 

Jorge dejó de verse el pene hace mucho. No es que sea puritano, simplemente la panza le tapa. Mide casi dos metros, es peludo como un oso y engordó durante años a punta de sándwiches, golosinas, bebidas y cerveza, a tal punto que camina con dificultad y apenas logra, con esfuerzo, ponerse los calcetines, los jeans pitillo y sus bototos de caña alta. Cuando termina el ritual de vestirse está ahogado, colorado y su cabeza retumba y amenaza con estallar. Aún así, a sus diecinueve años no hace nada por bajar de peso.

Últimamente, Jorge piensa mucho en su pene. Lo recuerda. Lo extraña. A veces se dobla con dolor en el baño para darle una ojeada, pero lo divisa apenas. Desearía contemplarlo con calma, descubrirlo, saber cómo se encuentra, apreciar su forma, su color. Tampoco tiene quién le cuente de esas cosas, nadie que palpe, examine o dé un vistazo por él. Y eso le duele todavía más. Mal que mal, tiene diecinueve años y en los tiempos de la igualdad, el progresismo, Messenger, Twitter y Facebook, nadie debería seguir virgen después de cumplir catorce. Jorge está pasado en cinco años y aunque desearía otra cosa, tampoco hace mucho por terminar con su celibato.

Aunque viste ropa negra, adornos metálicos, usa innumerables piercing y parece un chico rudo, Jorge termina cuarto medio en un colegio cuico y religioso, donde pese a su edad le tienen harta paciencia sólo porque no destaca ni molesta y su padre es un conocido farsante y, al mismo tiempo, rotario, masón, eterno candidato a todo y juez de policía local. Un farsante influyente, de esos que conviene tener de apoderados en un colegio que vive de las apariencias más que del Simce.

Jorge habla poco o nada con su padre y ciertamente no se parece a él, carece de su carisma, su extrovertida empatía y su descarado talento para ser el mejor amigo de los amigos, que en su caso se entiende como hacer muchos favores baratos para luego cobrar de vuelta muchos favores caros. Así dejó de ser un don nadie y se convirtió en un verdadero Don. Farsante pero influyente.

Por todo lo anterior la vida de Jorge es más bien solitaria. No quiere acercarse a la gente por su aspecto de ogro y pocos quieren eludir su gigantesca panza para conocerlo más a fondo. No tiene hermanos, casi no habla con su padre y piensa que su madre es una mujer frívola nacida para vagabundear entre el café y el gimnasio. Y tiene razón. En el fondo la quiere, pero al mismo tiempo la desprecia o al menos la encuentra ridícula. Su padre cree lo mismo, pero disimula con más talento.

 

***

 

Jorge y Silvia, los padres de Jorge, se conocieron muy jóvenes y se casaron casi de inmediato. No es que firmaran al instante los papeles, sino que se juramentaron amor eterno y vivir juntos para siempre. Hasta ahora, se cumple sin problemas lo segundo. Él era un tipo inteligente y ambicioso y ella hija única de una familia de largo arraigo agrícola y varios valles y cordilleras como patrimonio. A punta de farsas, extorsiones, favores y labia, Jorge padre se transformó en alguien, contrató un ingeniero para administrar las riquezas de su esposa y se dedicó a jugar al hombre influyente, con columna de opinión en El Observador, comentario radial en el “Sin Fronteras” y misa dominical. Ella aceptó el nuevo trato y compensó con el mismo ingeniero aquello que su matrimonio ya no ofrecía, un par de horas por día, entre el gimnasio y el café. Jorge hijo siempre estuvo al tanto de todo. Quizás por eso despreciaba a ambos: a su madre por ser frívola y casquivana, y a su padre por vivir más de las irreales apariencias que de las crudas verdades.

 

***

 

Jorge camina con su puñado ínfimo de amigos en silencio, la vista baja y con paso de gigante obeso. No es que sus amigos sean muchos o realmente mantenga con ellos una relación de amistad, pero al menos le sirven para salir de casa y proveerse de marihuana y ron. Y a él le encanta el ron. Puede beber una botella entera como un bebé su biberón, y aunque luego se tambalea y pone cara de mutante, jamás se cae, ni desmaya, ni vomita, ni deja de beber. Y aunque salga el sol y sus compañeros de juerga estén inconscientes desperdigados por el suelo desde hace horas, habiendo licor Jorge puede seguir tomando, un combinado tras otro, en una curada eterna que comienza pero parece jamás llegar a su fin. Para envidia de muchos, nunca sufre resaca.

 

***

 

La única persona con quien Jorge podría sentirse cómodo, piensa él, es Tábatha. En su mundo confesional y piadoso las chicas se llaman María Pía, Pía María, María José o Valentina María. Nadie se llama Tábatha. Pero poco importa porque Tábatha no pertenece a su mundo. Ella es una gigantesca morena deforme, con la misma facha de ogro de Jorge, que vive en alguna población periférica, al lado o al otro lado de un canal, o algo así. Nadie recuerda bien cómo llegó a su grupo y Tábatha no tiene intención de recordarlo. En efecto la oscura gigante casi no habla y cuando algo expresa lo hace en monosílabos, gruñidos roncos, apenas sonidos audibles, que emergen desde algún rincón o pliegue escondido entre las enromes carnes de su cuerpo anochecido y, como un contrasentido, sin tetas. Por lo mismo carece de apellidos, de historia, de sueños. Simplemente existe, en silencio, sin molestar al resto que, en consecuencia, la acepta. A nadie le importa que viva muda. Ella viste de negro, su pelo corto está teñido de rojo y verde, tiene un tatuaje irreconocible en la nuca, cuelgan enormes aretes desde sus fosas nasales y bebe ron como ninguna. En efecto, en ocasiones logra mantenerse en pie lo suficiente para ser la última en ver cómo Jorge sigue vaciando y vaciando vasos. Esa es su tarjeta de presentación, con eso le basta. ¿Para qué va a hablar si puede eructar Cuba Libre en Do Sostenido?

Podría sentirse cómodo con ella porque parece la apropiada y tal vez -con el tiempo piensa Jorge- encontrará la forma de que investigue y le diga cómo sigue su pene, si existe, si es un gusano pútrido o, por el contrario, lo suficientemente recio como para adentrarse en su entrepiernas grasoso y hacer lo que debe, terminando así con esa castidad tan inútil y pesada. No la desea, no realmente, pero dentro de su mundo Tábatha es la única alternativa útil, asequible. María Pía y Pía María jamás se entregarían a un monstruo seboso y lanudo como él.

Claro que no.

 

***

 

Jorge y sus amigos no saben en qué momento los skaters se tomaron “El Citio”, pero aún así debieron cambiar de destino. No les gusta tanta gente y esos chicos son realmente revoltosos, gritones y con muy mala cura. Ya quemaron un viejo vagón y acostumbran hacer fogatas delatoras en los durmientes sin tren. Mejor caminar y alejarse.

-Total esa hueva´ ya está funada… conozco una reja rota por detrás del Cementerio- dijo un flaco largo y vegano conocido como Ronco, una especie de mejor amigo de Jorge.

-Pero ahora hay luz y guardias- replicó otro.

-Queda a la mierda-

-Pero es re’ piola-

-Debe haber un punto ciego y seguro el guardia y los perros duermen. Todos los huevones duermen - argumentó Ronco otra vez.

Tábatha enfiló callada por Aspillaga en dirección al centro. Jorge la siguió. -Si nos pillan, nos vamos- dijo.

Caminaron en silencio cruzando la Villa Paraíso por la plazuela que está frente al jardín infantil, la multicancha y la sede social. Siguieron.

-Aquí vivía el neonazi, ¿se acuerdan? A la casa le pusieron rejas en las ventanas porque la vinieron a apedrear- dijo uno.

-Debieron quemarla. Las rejas no paran el fuego- respondió Ronco.

 

***

 

Ronco es tan flaco como el hambre y tiene cara de pajero. No existe otra calificación para su rostro largo, blanco, cansado y de eternos ojos brillosos. Se hizo vegano siguiendo la moda y por eso de tanto en vez no logra evitar la tentación y se sumerge en verdaderas orgías carnívoras, devorando hasta media vaca si la tiene a mano. Luego vomita, se arrepiente y piensa que está enfermo, que parece mina bulímica, y olvida todo entre pitos y ron. Conoció a Jorge cuando huía de Carabineros por estar haciendo grafitis en un muro viejo de Avenida Valparaíso. Arrancó hacia la Leonardo Da Vinci. Jorge lo vio desde la distancia. Venía llegando de una juerga en radiotaxi y se percató de todo. Cuando estuvo a tiro, Jorge abrió la reja de su casa y ayudó a entrar a ese sofocado muchacho que cargaba latas de pintura en su mochila.

-Gracias- dijo el pintor con una marcada y graciosa voz de agudo pito -Me llamo Damián- agregó con su tono de helio.

-Te llamas Ronco- dijo Jorge riendo con tufo etílico.

 

***

 

Si bien Tábatha partió encabezando la marcha desde El Citio al Cementerio, a los pocos pasos se quedó atrás. Jorge acortó el tranco hasta quedar cerca de ella. Sentía que deseaba hablarle, pero no sabía bien de qué. Y acostumbrado a hablar poco o nada, no lo haría para decir una idiotez. Ella abrió su chaqueta, dejó ver que debajo vestía una gastada polera negra que en contraste blanco decía “Evangelion”, sacó un encendedor, y luego volvió a subir el largo cierre de su atuendo con la ceremonia de quien se mete dentro de una armadura.

-Yo también conozco esa serie- pensó Jorge mientras le pedía fuego y encendía un cigarrillo.

Avanzaron por La Concepción y pasaron frente a la PDI en fila india. El rati de turno los miró de reojo pero sin tomarlos en cuenta. Podían ser asesinos, sicópatas, una nueva horda de neonazis, pero al rati sólo le importaba que no rayaran su auto tuneado, al cual le había metido varios sueldos y que mantenía estacionado fuera de la unidad.

Nada le ocurrió a su joyita.

Llegaron a la Plaza de Armas y se sentaron en la Pajarera, donde encendieron el primer pito. La noche estaba pesaba y húmeda. Una de esas noches que no caen, sino que rodean como si emboscaran.

-Compremos en La Pipa, es más barato. Yo tengo dos lucas- dijo uno.

-Yo tengo dos lucas más, con unas tres de Mitjans la hacemos- dijo Ronco mientras juntaba el dinero y retenía sin esfuerzo el humo en su interior.

Jorge aspiró fuerte, cerró los ojos, contó hasta mil y expiró lentamente, dejando en evidencia su placentera sensación. Luego se volvió hacia Tábatha. Finalmente tenía una motivación y un tema del cual hablar.

Justo cuando retomaron el andar, él comenzó lo que bien podía ser un soliloquio.

-Es raro cómo los japoneses cuentan las historias a medias, como en Evangelion- dijo- ¿Viste Evangelion? En Evangelion estuvieron todo el rato en guerra y nunca dijeron contra quién. Corrió la sangre, el pobre Shinji casi se vuelve loco, los EVA llevan a la humanidad al borde del abismo y aún así nunca supimos contra quiénes peleaban. O sea, sabemos que eran unos seres llamados “ángeles”, pero no supimos qué querían o de dónde venían. Es tan rara su forma de contar historias que el final de la serie no lo entendió nadie y debieron hacer capítulos con otro final, alternativo.

- The End of Evangelion- dijo ella.

Jorge titubeó. Cuatro palabras son mucho para Tábatha, pensó. Aún así supo que iba por el camino correcto y recobró sus energías.

-Claro, The End of Evangelion. Lo curioso es que los directores de la serie, Anno y Tsurumaki, se enojaron bastante con las críticas a su primer final, final de cumbia, pero aún así dirigieron los nuevos capítulos. Quizás por plata o sólo para hacer más interesante la obra, que sigue siendo uno de los animé más extraños y recordados. ¿O no?

-Sí.

 

***

 

A los catorce años Jorge sufrió un accidente. La micro en que viajaba desde el colegio se pasó un pare y chocó contra una camioneta patona, en La Concepción con Carrera. Como iba de pie Jorge salió disparado, dio mil tumbos como bola de pinball y se partió la pierna izquierda en tres horribles partes, con fractura expuesta y todo. Debió pasar cuatro meses enyesado en reposo absoluto. Aburrido, utilizó el notebook de su padre para escuchar música y adentrarse en el mundo animé. Hizo de KoЯn su banda sonora y descargó decenas de series. Naruto, Bleach, One piece, Full metal alchemist, Death note, City hunter, Devil, Escaflowne, la legendaria Robotech, la tierna Chobits, la trágica y romántica Saikano y, por supuesto, Evangelion, entre otras varias. Para cuando se recuperó del todo había perdido un año académico y era experto en animación japonesa.

En paralelo Tábatha trajinaba los archivos que guardaba su hermano, dedicado al pirateo de películas y juegos, desbloqueo de celulares y Play y arreglo de computadores. Así conoció el animé y el porno duro, con el cual se ayudaba para, varias veces por semana, masturbarse frenéticamente mientras acallaba sus gemidos colocando Rammstein a todo volumen. Problemas de tiempo no tenía pues abandonó la escuela en octavo.

De esa forma, distantes y desconocidos pero unidos por la coincidencia, ambos se volvieron rockeros-otaku, o algo así.

 

***

 

Entraron al cementerio por entre la reja rota, en las inmediaciones de Aconcagua Norte. Mirado desde lo alto, el Cementerio Mayaca es el típico camposanto cubierto de casitas blancas con cruces y vírgenes desparramadas casi sin ningún orden. Al igual que en una ciudad, hay casitas chicas y rascas que se las traga la tierra, y otras enormes y lujosas donde cabe hasta un auto dentro. Esas, las segundas, son históricas… a las ordinarias se las lleva el viento y de tanto en vez una vieja transforma a un finado residente en milagrosa animita. Entonces la chusma le prende velas, le pone flores y placas patentes y otra vez lo olvidan para siempre. El cementerio supuestamente fue fundado allá por 1870, pero la historia cuenta que a fines de la década de 1820 don José Agustín Morán organizó y promovió la construcción de un camposanto particular, en el mismo lugar donde ahora beben los muchachos sin miedo y los granujas de poca monta se hacen el sueldo recolectando el bronce y mármol, que sacan a tirones de las casitas blancas donde reposan los restos de varios “Don Nadie” junto a hijos ilustres, ciudadanos beneméritos, desaparecidos gobernadores, ex alcaldes, descendientes de O’Higgins, parientes de Carrera, veteranos de la Guerra del Pacífico y uno que otro forajido, todos democráticamente bien dispuestos entre los más de siete mil sepulcros, salpicando ocho hectáreas de muerte.

Ese lugar, aquella copia fallecida de la ciudad y sus costumbres, es un lugar ideal para beber, fumar y, si hay suerte, asegurarse un polvo sobre las lozas heladas y húmedas que esconden momias y huesos.

Los muchachos se deslizaron dentro en silencio y a oscuras. Estaban los postes del alumbrado, pero esa noche no había luz. Se ubicaron entre los nichos, tumbas y criptas del patio antiguo, por el sector sur, mirando a la ciudad por entre los altos árboles. Allá a lo lejos, brillaba el Estadio “Lucio Fariña” y más al fondo se alzaba la enorme nube de vapor que emerge cual volcán de las centrales Nehuenco y San Isidro. Cada cual se acomodó donde pudo. Uno contra la fosa de los Araneda-Cabrera, otro a medias sentado en la pileta de agua, un tercero de pie apoyando su brazo en un querubín ya sin alas ni nariz. Jorge lo hizo en una loza vieja y verde cerca de Tábatha. Él seguía hablando del animé, ella solamente escuchaba, lo miraba y asentía.

-Lo más increíble -siguió Jorge a mil por hora aunque ya agotando del todo sus conocimientos otaku- es que Anno en un principio trabajó con Miyazaki, pero sus obras no se parecen en nada. De hecho cuesta encontrar similitudes entre Evangelion y El viaje de Chihiro, La princesa Mononoke, El castillo ambulante o Ponyo en el acantilado- remató como quien rinde un examen oral.

- Y Mi vecino Totoro- agregó ella con un hilo ronco de voz.

-Claro… esa también es de Miyazaki.

Luego ambos se quedaron mirando a ninguna parte y vino un largo silencio, nada de incómodo. Uno de esos silencios en los cuales nada se dice porque no hace falta. Esos silencios para estar a solas con uno mismo, pero igualmente acompañados. Ese silencio que antecede al primer beso, primer pito, primer homicidio o primer lo que sea. Ese silencio con el cual la gente se para frente a la tumba de un ser querido y en absoluta soledad y mutismo siente nuevamente el abrazo negado por la muerte, como si el polvo se hubiera vuelto carne llena de vida y de amor, como antes. Un silencio cómplice.

 

***

 

-No sé por qué te estoy hablado tanto. Supongo me hacía falta- confesó ya agotado de tanto dibujo japonés.

-Claro- respondió Tábatha.

-A veces uno quiere decir cosas.

-O conseguirlas- dijo ella. Y se acercó para besarlo.

Fue un beso áspero, picante, de labios partidos, olor a tufo, trago y cigarrillo, pero fue su primer beso. Suficiente para despertarlo. Como pudo abrazó a la enorme bestia morena y comenzó a besarla con desesperación, a lamerle el cuello, a morderle las orejas. Le acariciaba el pecho plano e intentaba meter mano buscando su vulva pero ella lo evitaba, las guiaba a su trasero, mientras respondía con gemidos y suspiros los besos babosos. Quienes vieron la escena se imaginaron la lucha de dos pulpos gigantes y caminaron lejos, más para evitar el grotesco espectáculo que con la intención de conceder intimidad.

Tábatha le soltó la hebilla de calavera de la correa y comenzó a hurgar en su entrepiernas, buscando su miembro. Lo encontró y lo sacó blando y arrugado, escondido entre pliegues de piel, carne y grasa del bajo vientre de Jorge. Aún así lo asió entre sus manos y comenzó a besarlo. Finalmente Jorge sabría qué tal seguía su amiguito.

Y resulto que de “ito” no tenía nada. El pene de Jorge era tal y como él, enorme, peludo, gordo, gigantesco. Tábatha intentaba acogerlo en su boca, pero sobraba por todas partes, no había manera de atender semejante aparato, aunque estaba decidida a hacerlo. Por eso cambió de estrategia.

-No me cuido- dijo ella mientras se daba vueltas y bajaba sus pantalones ajustados hasta el comienzo de sus muslos, dejando sus enormes nalgas negras a la vista y apoyando su cuerpo entregado en el nicho de los Vergara-Apablaza. Jorge pensó que tenía mucha suerte, no sólo dejaría de ser virgen sino además probaría el sexo anal, todo de una vez.

Costó, bastante, pero finalmente los dos enormes mutantes lograron unirse. Él resoplaba y ella apenas podía moverse por la presión que hacía el enorme falo en su interior. Pensó que reventaría, que nunca más podría sentarse, que ese era el mejor momento de su vida. Entonces, después de tanto tiempo, a Tábatha le salió el habla. Comenzó muy bajo, un hilo de voz pidiendo más y más, pero a las pocas embestidas sus gritos se escuchaban en medio camposanto. Los muertos se tapaban los oídos y los ángeles de yeso no podían dar crédito a la estridencia de su lujuriosa verborrea. Pero para horror de Jorge los quejidos de su amada eran gritos roncos, graves, guturales, como un canto rockero y con resaca. Entonces, en medio del frenesí del placer, pensó en su falta de pechos, su constante mutismo, su beso como lija, su historia sin pasado… y lo comprendió todo.

Haciendo un rápido movimiento Jorge estiró su enorme brazo rodeando la cintura kilométrica de Tábatha, se deslizó hacia la entrepierna y rebuscó. Allí, oculto entre los calzones, un pene que más parecía un pellejo se bamboleaba al ritmo de las furiosas embestidas.

-Dime tu nombre- dijo Jorge mientras propinaba unos estoques salvajes. -Dime tu nombre o te parto- gritó Jorge mientras avanzaba veinte pulgadas dentro y dos cuartas fuera de Tábatha. -Dime tu nombre maraco de mierda- aulló el gigante mientras vaciaba diecinueve años de continencia en las entrañas de su agónica compañera.

-Germán- dijo ella (o él) ya sin fingir la voz. -Me llamo Germán- reiteró desfalleciente mientras se le doblaban las piernas y caía al suelo con el rostro sonriente y lleno de lágrimas y su trasero abierto emanando sangre y semen.

 

***

 

Tábatha desapareció del grupo tal como había llegado. Nadie preguntó nada. De tanto en vez Jorge se perdía, y volvía parlanchín. Un día cualquiera, Ronco le dijo:

-Tu mina debería tener mi apodo.

Entonces Jorge configuró “es complicado” en su perfil de Facebook y dejó de visitar el grupo.

Nunca volvió. Al cementerio tampoco.

 

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Felipe Becerra
dijo :

Aplausos!

Me reí a montones, me gustó tu forma de contar historias, aparte no deja de ser interesante reconocer todas las locaciones (soy de Quillota).

Un gusto que uses mi foto, te estaré leyendo, saludos.

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09/09/2011 a las 3:29Responder

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